HORROR EN LAS RETINAS

FECHA DE PUBLICACIÓN 19 – 2 – 2014

El lunes tropecé en twitter con una historia tan fascinante como sobrecogedora. El protagonista, un fulano esloveno, Boris Kobe. Arquitecto y pintor de profesión, cayó como tantos otros en las fauces del nazismo debido a motivos políticos. Llegó al campo de concentración de Allach, filial de Dachau, en los compases finales de la II Guerra Mundial.

Hay que señalar, que Dachau (Cerca de Munich) no era un único campo, sino que poseía unas 90 sucursales en un radio de unos pocos kilómetros que descongestionaban la aglomeración del principal. Como en tantos otros, los trabajos forzados y las brutalidades eran el pan de cada día para los desafortunados inquilinos de aquellos barracones. Los fotogramas de la barbarie quedaron profundamente grabados en las retinas de Boris con una mezcla de sangre y tinta…

 

La liberación de Dachau y sus subcampos por las fuerzas estadounidenses se inició el 29 de abril de 1945 con la llegada de los yankis al campo principal, y un día después la 42ª división de infantería (Conocida como División Arco Iris) liberaba el campo que albergaba al artista esloveno. Como tantos otros supervivientes a la barbarie nazi, Kobe contó su historia en los años posteriores, pero desde una óptica muy peculiar. Aprovechando sus dotes artísticas, compuso una serie de dibujos que fueron incluidos en una sobrecogedora baraja de naipes. La muerte, los cadáveres y la crueldad de los kapos (presos encargados de “vigilar” a otros presos) aparecen representados con todo lujo de detalles. Sorprende el formato y la crudeza de las imágenes. La “baraja del infierno” se encuentra a día de hoy en los fondos de los Archivos de la República de Eslovenia. Echen un vistazo, no tiene desperdicio.

Casualidad o no, veía días más tarde un artículo en El País: “Las atrocidades norcoreanas dibujadas por un ex prisionero” rezaba la cabecera. La historia de Boris se me vino a la cabeza rápidamente, pero esta vez trasladada desde la Baviera del III Reich, hacia el norte del paralelo 38 donde el desfase horario, calculando a vuelapluma, es de al menos un siglo. Y es que en pleno 2014 la existencia de campos de concentración en el régimen de Pyongyang en un hecho. Me ahorro teclear los motivos.

De repente, irrumpe en los medios un hombre, un desertor: Kim Kwang-il, que otorga su testimonio a una comisión de la ONU, relatando todo y cuanto ocurrió en aquellos macro campos de prisioneros. Para dar una mayor profundidad a su relato, acompañará a su testimonio con una serie de dibujos que describen a la perfección la metodología torturadora norcoreana. Todo viene representado. Desde torturas de lo más variopinto, hasta las condiciones infrahumanas que se dan en las micro celdas en las que están encerrados los “enemigos del pueblo”. La historia se repite, los dibujos también.

 

Observar con la perspectiva de la actualidad los naipes de Allach te pone inevitablemente en una cómoda situación de distancia temporal con los hechos, situándoles en un plano mucho más irreal por lejano. ¿Cómo pudo pasar eso? Esta situación de tranquilidad que se rompe, sin embargo, con los testimonios que vienen desde Corea. De repente irrumpen en nuestra comodidad y nos remueven aún más, conscientes de que esto no data de los años 40. Está ocurriendo hoy, mientras tú y yo estamos cómodamente viendo el resumen de la Champions en nuestro sofá.

Y es que el horror no entiende de épocas. El hombre está en todas ellas.

 

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