SALTARSE EL GUIÓN.

PUBLICADO EL 22 – 2 -2014

Resulta que no, que no mola la Historia. Los informes remiten un resultado catastrófico respecto al interés que despierta esta materia en las aulas. Mientras en el panorama científico se discutía el método, en el panorama educativo se discute la trasposición didáctica de contenidos, el alma máter del asunto. Se aboga por desmontar el andamiaje tradicional heredado de la historia positivista de grandes hechos y personajes para construir un nuevo producto didáctico mucho más genérico, pasado por batidora y que preste atención a los cambios o permanencias más estructurales. Dicen, que con esta nueva metodología se atrae mucho más al alumno que no tiene que aprenderse tantas fechas y hechos (olvidables y defenestrados por definición), sino que podrá bastarse con una visión general de la situación histórica de cada periodo (que como todo el mundo sabe, permanece eternamente). Repiten como loros que hay que acercar mediante esto los contenidos epistemológicos de la ciencia hacia una realidad más tangible para el receptor. Y que sí, que así si se consigue activar los mecanismos de atención y mediante ellos alcanzar el conocimiento histórico duradero. Fácil ¿no? Pues les voy a contar una cosa.

Recuerdo un día, tercer curso de la ESO, cuando un profesor se saltó el guión. Éramos chavales de 16-17 años, con las primeras cicatrices de las cuchillas de afeitar. Nos amoldábamos al paradigma de la edad: buscábamos a la mínima un elemento de evasión cuando el temario giraba peligrosamente hacia el tedio. Estábamos con una espesa unidad de Geografía política y la atención se diluía como un azucarillo. No recuerdo la razón directa, pero en ese momento cogiendo una salida equivocada en la rotonda, el insensato docente se marchó hacia el terrible mundo de los hechos y las batallitas. Cogió una tiza y dibujo el frente oriental de la Segunda Guerra Mundial en los inicios de la Operación Barbarroja, flechas azules, avance nazi; flechas rojas, retroceso soviético. La famosa política de tierra quemada, “un mecanismo eficaz cuando el vasto territorio es tu mejor general”, dijo.

El rumbo de la clase cambió. Fascina que de repente alguien se fume la secuencia establecida. Es como una especie de empatía adolescente, una edad en la que saltarse cualquier tipo de norma consensuada desde estancias superiores es tremendamente atractivo. Que nos hablara de “rusos”, nazis y guerras, cuando debería de haberse limitado a explicarnos latifundios, barbechos y rotaciones trienales, nos ponía. Acostumbrado a escuchar un contenido monótono, curricular y cerrado de la materia, no perdí de vista a la pizarra en lo que duró el inciso. “Ya era hora, macho” pensaba.

Me llevó a su terreno. Me hizo preguntarme e indagar sobre un tema. En este caso estamos hablando de una salida curricular abrupta ya que el temario no abordaba para nada las operaciones militares de la ofensiva nazi a la URSS. Ni siquiera la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo llevado a una escala mucho más cercana en contenidos, creo que también funcionaría.Y es que el verdadero conocimiento perdurable es el que se construye uno mismo, y para ello hay que prender la mecha de la curiosidad desde fuera. No pretendo universalizar este comportamiento (del todo personal), pero creo que a veces conviene aludir a estas pequeñas reseñas históricas concretas en clase para enganchar al alumno a una explicación compleja.

Porque los mismos pedagogos “de carné”, que abogan por eliminar batallitas, dicen que sin llegar a lo concreto no se puede ir a lo abstracto. Ya me dirán entonces como coño lo hacemos.

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